Breaking News

arde-el-destructor-sheffield-a___UCZACclqV_1256x620__1

Guerra de Malvinas: La desesperada operación inglesa contra el poderío aéreo argentino

0 0

El libro La Guerra Invisible, de Marcelo Larraquy, revela cómo fue la misión de comandos enviada por Margaret Thatcher para violar la zona de exclusión y atacar una base en Río Grande en 1982.

Después del ataque argentino al destructor Sheffield el 4 de mayo de 1982, Margaret Thatcher avaló una proposición de la Marina Real: la eliminación de los misiles Exocet, los aviones Super Étendard y también de sus pilotos, que se alojaban en la base aeronaval de Río Grande. Con la decisión de atacar en el continente, Gran Bretaña rompía la zona de exclusión y el derecho a la “legítima defensa” con el que había justificado el traslado de sus naves al Atlántico Sur.

El Estado Mayor para la Defensa ordenó la operación al jefe del Special Air Service (SAS), brigadier Peter de la Billière, quien a su vez confió la misión “Plum Duff” al capitán Andy Legg, que acababa de cumplir 28 años. Legg quedó al mando de una patrulla de ocho miembros del Escuadrón B del Regimiento 22 del SAS.

El grupo, que se entrenó en la base del SAS en Hereford (Gales) y luego en Escocia, debía explorar la base de Río Grande y atacarla en una acción directa. El Escuadrón B de Legg inició su travesía hacia el continente desde la isla de Ascensión a bordo de un avión Hércules. Lo que sigue es un extracto del libro La Guerra Invisible. El último secreto de Malvinas.(Sudamericana).

Los Super Étendard de la Fuerza Aérea Argentina. Una pesadilla para la flota británica.

Después del ataque argentino al destructor Sheffield el 4 de mayo de 1982, Margaret Thatcher avaló una proposición de la Marina Real: la eliminación de los misiles Exocet, los aviones Super Étendard y también de sus pilotos, que se alojaban en la base aeronaval de Río Grande. Con la decisión de atacar en el continente, Gran Bretaña rompía la zona de exclusión y el derecho a la “legítima defensa” con el que había justificado el traslado de sus naves al Atlántico Sur.

El Estado Mayor para la Defensa ordenó la operación al jefe del Special Air Service (SAS), brigadier Peter de la Billière, quien a su vez confió la misión “Plum Duff” al capitán Andy Legg, que acababa de cumplir 28 años. Legg quedó al mando de una patrulla de ocho miembros del Escuadrón B del Regimiento 22 del SAS.

El grupo, que se entrenó en la base del SAS en Hereford (Gales) y luego en Escocia, debía explorar la base de Río Grande y atacarla en una acción directa. El Escuadrón B de Legg inició su travesía hacia el continente desde la isla de Ascensión a bordo de un avión Hércules. Lo que sigue es un extracto del libro La Guerra Invisible. El último secreto de Malvinas.(Sudamericana).

Después del ataque argentino al destructor Sheffield el 4 de mayo de 1982, Margaret Thatcher avaló una proposición de la Marina Real: la eliminación de los misiles Exocet, los aviones Super Étendard y también de sus pilotos, que se alojaban en la base aeronaval de Río Grande. Con la decisión de atacar en el continente, Gran Bretaña rompía la zona de exclusión y el derecho a la “legítima defensa” con el que había justificado el traslado de sus naves al Atlántico Sur.

Un misil Exocet, similar al que hundió al Sheffield.

El Estado Mayor para la Defensa ordenó la operación al jefe del Special Air Service (SAS), brigadier Peter de la Billière, quien a su vez confió la misión “Plum Duff” al capitán Andy Legg, que acababa de cumplir 28 años. Legg quedó al mando de una patrulla de ocho miembros del Escuadrón B del Regimiento 22 del SAS.

El grupo, que se entrenó en la base del SAS en Hereford (Gales) y luego en Escocia, debía explorar la base de Río Grande y atacarla en una acción directa. El Escuadrón B de Legg inició su travesía hacia el continente desde la isla de Ascensión a bordo de un avión Hércules. Lo que sigue es un extracto del libro La Guerra Invisible. El último secreto de Malvinas.(Sudamericana).

Uno de los postulantes fue el teniente Richard Hutchings. Se había formado como marino y había entrenado con el SAS. Pollock creía que tendría mayores habilidades que el resto para sobrevivir en el continente. Le pidió que eligiera a otros dos pilotos para completar la tripulación. Hutchings eligió al teniente “Wiggy” Alan Bennet, de 21 años, al que percibía como el más capaz para operar el TANS (Tactical Air Navigation System), y a Michael “Dock” Love, de 22. Ya había realizado siete salidas operacionales.

Pollock dijo que Love estaba asignado para otra misión. (Love moriría dos días después, en la caída de un Sea King, junto a otros veinte miembros del SAS.) Pollock sugirió al suboficial Peter Blaim Imrie, que se había ofrecido porque era joven, soltero y tenía menos que perder que los otros pilotos, según le dijo. Hutchings lo aceptó. La tripulación ya estaba lista. Trasladaría al Escuadrón B del Regimiento 22 a un territorio desconocido. Cuando le presentaron al jefe del comando le resultó familiar. Había compartido con Legg un curso de entrenamiento militar el año anterior.

El capitán del SAS estaba preocupado por el funcionamiento del equipo de comunicación satelital con el que debía tomar contacto con la base de Hereford desde el continente. Se había mojado en el océano y ya no habría tiempo para que se secara. Esa misma noche debían despegar. Esa era la instrucción. Legg se enteraba en ese momento. El Hermes navegaba rumbo al punto de despegue, previsto a 33 millas de la isla Soledad.

Tapa del libro La Guerra Invisible, de Marcelo Larraquy

“¿Cómo mierda terminé acá?”, se preguntaba Legg. Sentía que los movían como peones, pero no era el primer soldado que tenía la misma sensación. Ni sería el último.

Una carta de despedida

La tripulación del Sea King y el Escuadrón B se reunieron en una sala del portaviones para ajustar los detalles. Legg preguntó al capitán Pollock si había mapas o cartas náuticas de Río Grande, pero el material que este le acercó no era mejor del que ya tenía. Estaban impresos a pequeña escala y no daban información sobre la base.

Legg había llevado imágenes satelitales que habían sido generadas por Estados Unidos sobre el sector chileno de la isla de Tierra del Fuego. No podía llevarlas porque, si caían –y todo hacía presumir que caerían–, dejaría en evidencia la colaboración norteamericana.

Dibujó en un papel los detalles que consideraba relevantes y lo guardó. El vuelo del Sea King sería en línea recta desde el sur de la isla Soledad hasta Río Grande. Hutchings, al principio, calculó que podría dejar al grupo a 19 millas terrestres al norte de la base, cerca de la laguna Miranda, en una estancia. La estancia Las Violetas podría ser el punto alternativo.

El piloto aprovechó para proponerle a Pollock otra opción para salvar el helicóptero. Como el combustible le alcanzaba para llegar a Río Grande y regresar hasta mitad de camino, podría descender sobre una fragata o un submarino, recargar combustible suficiente y volver al portaviones. Pollock desestimó su idea: sería muy peligrosa para la tripulación.

El meteorólogo anticipó que habría niebla en el continente cuarenta y ocho horas más tarde y les sugirió que despegaran en ese momento. Pero los soldados del SAS no ocultaban su cansancio: caían de sueño. Habían dormido muy poco en los últimos tres días.

Pollock consideró, además, que no podrían irse con la ropa mojada. Le propuso a Woodward suspender la operación por un día. El jefe naval aceptó. Legg se alegró porque tendría tiempo para secar su radio satelital, y Hutchings para escribirle una carta de despedida a su esposa. Le dijo que, si él moría, no se torturara guardándole lealtad. “Si llega el hombre correcto, debes aprovechar la oportunidad para ser feliz y disfrutar tu vida al máximo. Espero haber sido un buen recuerdo y un buen ejemplo para nuestros hijos.”

(…) Al día siguiente, el 17 de mayo, el capitán Legg y la tripulación del Sea King se enteraron de un cambio de planes. El Hermes no podía permanecer más tiempo cercano a la costa de las Malvinas porque corría el riesgo de ser impactado por un Exocet. Se decidió que la misión despegara desde el Invincible, que estaba ubicado cerca de la isla Beauchene, 30 millas al sur de la isla Soledad.

En el portaviones los recibió el capitán Jeremy Black. Hutchings le pidió un diccionario inglés español y un oficial lo solicitó por altavoces. Hutchings entendió que la misión al continente dejaba de ser secreta. También consiguieron un hacha, cintas adhesivas y les dieron una sala para continuar con el análisis de la operación. Legg repartió billetes en dólares, libras esterlinas y pesos argentinos y chilenos a sus hombres y a la tripulación. Black les hizo completar una planilla que sirvió de recibo. Después prosiguieron con el repaso de alternativas.

Hutchings planeó un probable descenso más cerca de la costa, en la estancia Las Violetas, a 14 millas terrestres de la base. Estaba marcada en la carta náutica. Chile sería la opción para un aterrizaje de emergencia si un radar llegaba a detectar el vuelo.

Legg prefería que ese segundo punto de desembarco fuese cerca de la frontera, como se había pensado en Hereford: una aproximación a la base desde el oeste. Sería la mejor opción para evitar la captura y completar la misión. ¿Qué harían con el helicóptero luego de que dejara en tierra al Escuadrón B? Lo hundirían bajo tierra o en el agua, eliminarían toda evidencia y después, con la ayuda del agente Edwards, la tripulación partiría hacia Santiago de Chile.

No había más que decir. Los miembros del Escuadrón B fueron ubicándose en silencio en el Sea King, al que se le habían quitado los asientos para agregarle tanques suplementarios de combustible. Había pasado la medianoche. Eran las 0:15 del 18 de mayo de 1982. Se iniciaba la misión hacia el continente. Debían volar 350 millas.

Objetivo inglés: La base aeronaval de Río Grande.

Hutchings calculó que les tomaría un poco más de cuatro horas. Las hélices comenzaron a girar y esperaron que el Invincible, en completa oscuridad y bajo silencio de radio, alcanzara su velocidad máxima para facilitar que el Sea King se elevara. La patrulla del SAS partió sin entusiasmo. Les habían dado trajes naranjas de inmersión fluorescentes por si se accidentaban en el despegue. Después, el portaviones y sus fragatas escoltas Brilliant y Coventry abandonaron la posición y comenzaron a navegar hacia el noreste para unirse a la Fuerza de Tareas.

Las primeras horas del vuelo las hicieron a 15 metros por encima del mar para evitar el radar de Malvinas. Después subieron a 60 metros. La atmósfera interna era tensa, todos estaban ganados por la incertidumbre. Solo se escuchaba el ruido de los motores. Legg se había unido al Regimiento para vivir un poco de aventura y ahora la tenía en exceso; la situación había salido de su control. “¿Cómo mierda terminé acá?”, se preguntaba. Sentía que los movían como peones, pero no era el primer soldado que tenía la misma sensación. Ni sería el último

Fuente: Clarin.com.ar

About Post Author

Staff La Digital Radio Venezuela

Somos un medio informativo 100 % online e interactivo con alcance en toda iberoamérica. Publicidad: ladigitalradiovenezuela@gmail.com
Happy
0 %
Sad
0 %
Excited
0 %
Sleppy
0 %
Angry
0 %
Surprise
0 %
Scroll UpScroll Up
es_VEEspañol de Venezuela